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Mostrando entradas de marzo, 2011

Un sátiro en mi cabeza

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Destrabo la pequeña ventana porque los vahos del tabaco me están liquidando las entrañas. Aún así, y a tientas, no dejo de encender un cigarrillo tras otro para poder contener esta ansiedad -o éste delirium tremens- que me persigue entre la niebla. Por la mañana, mientras doblaba periódicos para vender en la feria, me encuentro con un artículo que decía lo siguiente: “Asesino en serie se cobra otra víctima”. Lejos de sorprenderme por tal anuncio me puse a pensar. En este mundo hay de todo. Hasta el más indefenso de los seres puede llegar a ser víctima o victimario. Me dijeron que si masticaba hojas de payaso podía cambiar de máscaras y volverme divertida; pero tengo miedo de cometer otra locura.-

Musa & Silencio

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Densa espera. Monotonía unívoca avivando el desastre. Miradas que se diluyen donde crujen los leños. Hefestos me espía entre las llamas espesando las palabras. Nada es mío, todo quema en ésta inmensidad cercana. El sabor a madera me astilla la boca. Es ciénaga el silencio devorándose ésta noche ácida y biónica. Apolo transita el pentagrama. Hay densidad de aromas. Añado sombras de quebracho donde arde la fragua.-

Infancia negra

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1:29 am La niñez fue un período siniestro en mi vida. Momento que transformó síquica y físicamente el resto de mi existencia dolorosa. Los muros que rodeaban el geriátrico eran impenetrables como Alcatraz. Ancianos dispersos por todo el recinto: mitad locos mitad mutantes; mitad zombis mitad perversos. Tengo vagos recuerdos de ser pasada de brazo en brazo siendo tocada, vestida o desvestida por cualquiera. Nunca olvidaré cuando desperté una noche y una anciana trataba de darme de mamar a la fuerza. Empujaba mi cabecita hacia el pezón arrugado para que succionara algo que brotaba como una espuma. Tenía que tragar, de lo contrario me dejaba caer al suelo desde lo alto. Algo de esa sustancia cambió mi morfología, sin dudas. Nunca supe a ciencia cierta porque lo hacían ni para qué. A veces… dudo que haya sido un común y silvestre geriátrico perdido en las afueras de la ciudad.-

Muerta de hambre

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con un sabor crudo en las papilas...
La semana pasada me instalaron el teléfono. A lo mejor el mes próximo también compre un móvil. Últimamente, no sé porque, tengo ganas de estar comunicada. Puedo adquirir ese lujo prohibiéndome de comer, vestirme, viviendo a oscuras y dejando de alimentar gatos extranjeros que se arriman a mi morada. Menos fumar, puedo dejar hasta de respirar. Tengo guardado un montón de billetes que les sustraje a unos ancianos, cuando entré por la ventana a robar jubilaciones en un geriátrico.


Antenoche el hambre gritaba por mi boca, situación que me obligó a ingerir un poco de agua para calmar mi ansiedad. Más tarde el agua no fue suficiente, entonces busqué algunas migas en el suelo, con tanta mala suerte que las había barrido esa misma tarde. Revolvía cajones y bolsas en busca de algo comestible, masticable, ingerible; pero nada…no había quedado nada… Sentada en la cama, imaginaba platos suculentos servidos en restaurantes de lujo. Mi boca era una sola baba lar…

En una barca negra

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¿Adónde va la noche degollando las sombras?
¿En qué rostro tupido asoma su cara?.
Tengo desiertos los ojos de mirar la nada.
Ahí, en un sepulcro de cobre y arena, inédito descanso atormentado.
Allí, serenas palabras sobre el agua.
Acá, orfandad perenne, de la noche ciega, que me abraza.
¿En qué barca negra me traerá la luna cuando muera?.